KOBE

Han sido unos días de mierda, para que nos vamos a engañar. De hecho, entre los quehaceres de la vida y el aturdimiento por la noticia, no ha sido hasta ahora que he tenido un rato para juntar estas 4 líneas; 4 líneas que os adelanto ya que se van a quedar cortas para hablar de lo que Kobe Bryant ha significado y significará no solo para la NBA, sino para el mundo del deporte.

Podríamos empezar diciendo que Kobe era lo más parecido que ha habido nunca al que es considerado como mejor jugador de la historia del baloncesto y que precisamente ese era su principal mérito, pero estaríamos siendo muy injustos. Kobe Bryant quiso acercarse tanto a ese fantasma que jugaba en Chicago, que puede que sin darse cuenta él mismo, acabó derivando en un jugador que creó su propia leyenda. Se acercó todo lo que pudo (todo lo humanamente posible y a veces más) al más grande, para acabar desarrollando su propio camino y su propio legado. ¿Acaso hay mejor forma de hacerlo? Y sin embargo, sí que consiguió superar al que era su ídolo en una cosa; en aquello que sabía que podía y que debía hacer para ser mejor: su ética de trabajo.

No voy a enumerar aquí los muchísimos ejemplos de la ética de trabajo absolutamente demencial que tenía Kobe porque son de sobra conocidos, pero sí que quiero destacar el aspecto global del mismo y lo que se podría considerar como la máxima de lo que se acuñó como Mamba Mentality:

«Cualquiera que desee ser uno de los grandes, debe entender los sacrificios que vienen con eso y tratar de lidiar con ello. ¿O prefieres quedarte como un jugador mediocre?».

Kobe Bryant no entendía de medias tintas: o dabas el 120% en cada detalle, en cada aspecto, en cada faceta del juego y de la vida, o mejor no des nada. Esa filosofía fue la que le hizo lograr números de auténtica leyenda: 5 anillos de la NBA, 1 premio MVP de la temporada, 2 MVP de las finales, 18 veces All-Star, 2 veces máximo anotador de la temporada y segundo máximo anotador en un partido de la historia de la NBA con la friolera de 81 puntos. Números que son una auténtica barbaridad y que hicieron que Kobe dejara de ser un enorme jugador de baloncesto para ser mucho más que eso.

Porque ese es el calibre del que estamos hablando, el de un deportista que trascendió su deporte; el deporte que amaba, que respiraba y al que se entregó como nadie se ha entregado nunca a nada para acabar entrando en el olimpo de mejores deportistas de siempre. Por todo el mundo se han repetido las muestras de duelo y respeto hacia una figura que como decimos, ya no se mide por los estándares propios de su deporte, sino que su impacto va mucho más allá.

De hecho, el impacto de Kobe no había dejado de crecer desde su retirada. Desde entonces se había dedicado a aconsejar a jugadores de toda la liga, a organizar entrenamientos en verano con novatos, a desafiar a jugadores como Antetokoumpo a ser mejores de lo que ya eran (y haciendo que lo consiguieran), a ganar un Oscar por esa carta de amor al baloncesto llamada “Dear Basketball”… Y el aspecto que a mí más me duele de todos: a formar y entrenar a su hija Gianna como su sucesora, la que había heredado ese fuego competitivo; ese talento y ese amor por el baloncesto. Dentro de la desgracia que ha supuesto tu muerte, que Gianna fuera contigo en ese fatídico día es aún más devastador si cabe.

Te has ido Kobe, pero tu legado siempre será eterno. Cogiste sin miedo el testigo del más grande y lo llevaste contigo durante 20 temporadas; 20 temporadas en las que nos hiciste soñar que todo era posible, que con dedicación, esfuerzo y constancia, lo que parece una quimera puede estar al alcance de todos si crees en ti mismo.

Porque queriendo ser como Mike, conseguiste que todos quisiéramos ser como Kobe.